Piriápolis. Zufriategui y Calle F. La Cascada. Lunes 16 de agosto de 2010 a las 9 de la mañana. Algún ser sin alma ni escrúpulo y obviamente muy apurado transitaba desde el Pueblo Obrero hacia la Rambla de Piriápolis. Rita estaba allí. Sin frenar siquiera, sin tocar bocina, sin avisar, le pasó por arriba. No se detuvo para sacarla del camino, sus vísceras quedaron a medio metro de donde quedó el resto de su cuerpo descuartizado. ¿Cómo puede alguien asesinar de esta forma y seguir su camino, rápido para llegar, y sin alma para sentir pena por lo que acaba de hacer con un animalito?
Rita se arrimó a casa en febrero. De los tantos cachorros que llegan a nuestra casa abandonados. Tenía un mes escaso cuando la empezamos a alimentar y le pusimos Rita porque parecía una zorrita. De mediano tamaño, pelo suave y largo, de color cobre, con vetas negras y blancas rematadas por un collar totalmente blanco. De verdad, era una perrita hermosa, muy hermosa, elegante. No hay foto de ella en esta página, porque esto no es un obituario. Es una denuncia y un reclamo.
Denuncio la violencia contra los animales que decimos que son nuestros mejores amigos. Rita fue objeto de varias violencias en su corto peregrinar por este mundo de hombres infames y necios.
La primera violencia, fue de la familia que la vio nacer y la abandonó, en lugar de responsabilizarse por regalar la camada de una perra a la que no tuvieron la conciencia de castrar a tiempo. No sabemos dónde la abandonaron, pero la encontramos en un contenedor de basura.
Esa fue la segunda violencia. El contenedor estaba y está en Simón del Pino y la Calle E, a media cuadra del Country Club. Unos vecinos vieron cómo dos personas la tiraban en el contenedor. La recogieron, y nosotros nos hicimos cargo de alimentarla, esperando encontrarle un dueño. Como todas las cosas, terminamos encariñándonos con ella, por su carácter tranquilo, su búsqueda de afecto en cada ser humano que se acercaba a ella, su necesidad de independencia y autonomía, su inteligencia. Era muy chúcara al principio, y puede entenderse, dada su triste suerte con el ser humano. La alimentábamos y le dábamos cobijo cuando ella quería, pero no era muy amiga de quedarse demasiado con nosotros, ni con nadie. Le gustaba deambular, tenía varias casas del barrio a las que “visitar”y era amigable con todos. No era en absoluto agresiva. Nos hicimos cargo de su castración, y la llevamos a castrar, en una de las jornadas organizadas para castraciones en la zona.
La tercera violencia, fue su muerte. Muerte violenta, cruel, despiadada. Rita fue atropellada y arrastrada, revolcada hasta ser descuartizada, desviscerada por completo. Yacía en Zufriategui cuando una buena señora del barrio nos avisó y fuimos a buscarla. Recogimos sus restos. La envolvimos en una manta, la llevamos a casa, la enterramos. La estamos llorando todavía, a más de un año de ese desenlace. Yo todavía no puedo pasar por el lugar donde la encontramos. Me duele todavía, nos duele todavía. la impunidad con que ciertos actos del hombre transcurren, y nadie dice nada, como si fueran cosa diaria, de todos los días.
Me pregunto ¿quién la mató?
¿Quién es capaz de cometer un acto cruel como este y no retroceder para correr a un animal hacia la orilla del camino?
¿Quién es capaz de tirar una cachorrita hermosa como mi Rita al mes de nacida en un contenedor de basura, para que la máquina que comprime la basura la comprima a ella, viva?
¿Quiénes son los que abandonan a tantos cachorros a su suerte, para ser atropellados o para que se mueran de hambre y de frío? ¿No es mejor anticipar este acto mezquino y castrar a la hembra antes? ¿No es mejor castrar a los machos, para que no se generen jaurías detrás de alguna perrita escapada en celo, o no mueran atropellados también por seguir a la hembra en celo?
De atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás, desde lo primero hasta lo último, desde lo último a lo primero, todos estos actos fueron, son y serán abominables. Y lo peor de todo, es que los responsables no pagan ni pagarán por ellos. Esto les permite, obviamente, repetirlos hasta el hartazgo.
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